12.1.09

(Cuento)

OBJETOS EXTRAÑOS
A Fenrir B.

Ricardo Carmona levantó la mirada del periódico y vio la enorme maleta que Enríquez traía a empujones. "¡Otra gorda,!" dijo Enríquez. "Y apúrate a hacer el conteo, que hay otras cuatro esperando". Ricardo suspiró, resignado. Para guardar cualquier maleta en la bodega de objetos perdidos había que hacer un inventario completo de su contenido. Era una maleta cilíndrica, de aquellas que parecen bolsas de gimnasio tamaño gigante. De colores chillones (en éste caso púrpura y aguamarina con negro petróleo) y cierres por todas partes. Era divertido preguntarse de quién sería semejante armatoste. ¿Un atleta ya jubilado? ¿Un fan de cualquier deporte que quería parecerse a sus ídolos? Ciertamente no un atleta de verdad, esos casi nunca llevaban bolsas de gimnasio al aeropuerto, menos armatostes como éste. Ricardo fue abriendo los cierres y extrayendo el contenido: ropa de calle bastante ordinaria. Tres pares de jeans deslavados, varias playeras con parodias de logotipos comunes (Ricardo decidió que la mejor era una copia del "Chocolate abuelita" que tenía una hoja de marihuana en el fondo y que rezaba "Chocolate Pachequita"), un par de camisas, dos pares de zapatos de calle (talla pequeña, anotó Ricardo), un libro de bolsillo (un mamotreto de Dan Brown), un paquete en envuelto en papel de china y celofán... Este último paquete despertó su curiosidad. Aunque todas las maletas que llegaban a objetos perdidos debían pasarse previamente a rayos X para comprobar que no trajeran armas de ningún tipo, nada excluía la posibilidad de encontrarse alguna que otra rareza. Tal vez un frasquito de droga o algún regalo exótico. Ricardo abrió el paquete con un cuidado casi ceremonial. Debajo del celofán y del papel de china había una capa de plástico burbuja, otra de papel lustre y otra más de tela. Todas las capas estaban mal pegadas con diurex transparente, como si se le hubiera envuelto deprisa. Debajo de todo había un frasco diminuto, no más grande que una loción de muestra. El frasco estaba hecho de vidrio transparente, relleno de un líquido azulado y en su interior tenía un hombre en miniatura. Ricardo lo examinó lo más cerca que pudo. Tenía que ser solo una réplica, pero el trabajo era tan perfecto que el hombrecillo parecía genuino. Un hombre desnudo, de piel blanquísima y cabello casi transparente. Parecía estar dormido, aunque por lo diminuto de sus rasgos era difícil de precisar. Ricardo pensó que esta cosa quedaría muy bien en su colección. Normalmente uno tenía que esperar por lo menos tres semanas para llevarse algo de objetos perdidos, y eso siempre y cuando nadie viniera a reclamarlos. Por otra parte, si el paquete no figuraba en el inventario, nadie podía asegurar que no se había perdido desde antes. Ricardo tiró todos los envoltorios a la basura y guardó el frasco en el bolsillo de su camisa. El frasco era extrañamente pesado y agradablemente frío.

Ricardo llegó en la tarde a su departamento de soltero. Aunque a sus cuarenta y siete años tal vez sería más apropiado llamarlo un "departamento de solterón", como se lo decía a menudo Marisela, su vecina. Su colección se encontraba en un cuarto que no había servido ni de estudio ni para un niño. Ahí guardaba todo tipo de rarezas que la gente dejaba olvidadas en el aeropuerto o en la calle: tarjetas telefónicas de lugares exóticos, muñecos que apenas tenían forma humanoide, juguetes para adultos, vestimentas estrafalarias... Colocó el frasquillo en el centro de todo. Quedaba perfecto, como el sol de un sistema planetario. Ricardo contempló su colección de objetos raros por varios minutos mientras se inventaba historias sobre sus posibles dueños y lugares de origen. Bajó a cenar al bar de la esquina un poco más tarde de lo acostumbrado.

Al día siguiente alguien vino a reclamar la maleta gigantesca. Ricardo le entregó la lista del inventario a una mujer tan alta y flaca que a primera vista la había tomado por un hombre. Ella revisó cuidadosamente cada parte de la lista mientras Ricardo sentía un sudor frío en la sien. Sin embargo, la mujer no pareció notar nada fuera de lo común. Ella firmó todos los documentos necesarios y se llevó su maleta. Ricardo estuvo a punto de preguntarle si no faltaba nada, pero decidió que no valía la pena. La mujer se alejó apresuradamente del mostrador.

Cuando llegó el fin de semana, Ricardo se sintió alegre. Ahora podría dedicarle aun más tiempo a su actividad favorita: contemplar su colección en paz. Hasta que había agregado el frasquillo ésta había sido tan solo una actividad de paso, algo en lo que no solía gastar mas allá de unos cuantos minutos al día. Pero ahora el frasco llenaba sus pensamientos. Algo había de seductor en la figura del homúnculo (no sabía desde cuando lo llamaba "homúnculo", pero ese nombre parecía sentarle a la perfección) que lo hacía pensar en universos maravillosos. Últimamente, Ricardo había comenzado a ver al homúnculo en sueños y narrándole una historia sobre dioses antiguos que nunca podía recordar en su totalidad. Al llegar a su casa cerró todas las cortinas, apagó la luz, se desnudó y encendió una vela, que usó para guiarse hasta el fondo del pasillo, al Cuarto Sagrado donde aguardaba su colección. En realidad ya no era una colección, sino solo el frasco; todos los demás objetos habían sido tirados a la basura cuando Ricardo decidió que desentonaban ofensivamente con el homúnculo. Tras arrodillarse y rezar una letanía en palabras que no comprendía pero que asociaba con sus sueños tuvo el valor de aproximarse al frasco. Efectivamente, el líquido estaba cambiando de color; ahora tenía un tono violáceo. Y aunque la luz parpadeante de la vela y su propia excitación hacían difícil concentrarse tan a detalle, parecía que el Homúnculo tenía los ojos entreabiertos. Por tercera vez consecutiva Ricardo sintió que faltaba algo. ¿Pero qué, exactamente?

La respuesta no le vino sino hasta la mañana siguiente, cuando caminaba en dirección a una tienda de autoservicio (algo tenía que comer, siquiera para mantenerse vivo) y encontró a una muchedumbre agitada alrededor de una esquina. Un hombre había saltado desde el vigésimo piso. Algo estaba afectando el balance de Ricardo; se examinó la suela del zapato derecho y descubrió que estaba pisando un par de muelas torcidas. El suicida debe haber caído de cabeza. Ricardo recogió las muelas con dedos temblorosos, las guardó en su bolsillo y se alejó tan tranquilamente como pudo. Una vez en su casa comprobó que las dos muelas encajaban a la perfección a ambos costados del homúnculo. Pero algo seguía faltando, algo... De pronto Ricardo tuvo un presentimiento. Se dirigió rápidamente a la cocina y volvió con un pequeño tenedor de mesa. Buscó el lugar correcto y eventualmente optó por el pecho. Atravesar uno y otro pezón con el tenedor no resultó ser tan difícil como había pensado, y pudo cubrir satisfactoriamente las dos muelas con unas cuantas gotas. Entonces contempló satisfecho los resultados de su obra. Esta vez no cabía duda: el homúnculo estaba despertando.

Por varias semanas Ricardo volvió a engrosar su colección con toda clase de objetos raros, pero que ahora tenía que buscar en lugares menos cercanos que su oficina. Las gotas de sangre no eran nada difíciles de encontrar, bastaba con estar en el lugar adecuado y con instrumentos adecuados. Las uñas, los dientes y los cabellos eran algo más difíciles, y encima no siempre valían la pena. Tenían que ser recientemente extraídos o no servían de nada. En ese sentido los callejones en que se dieran peleas de borrachos o entre pandillas resultaron sumamente útiles.

Finalmente, Ricardo comprendió que era hora de pasar a la siguiente fase de su colección. Si su altar no crecía, corría el peligro de no contentar al sagrado homúnculo. Entonces decidió aceptar una de las acostumbradas invitaciones a cenar por parte de Marisela.

Un par de ojos y otro de senos resultaron ser su mejor ofrenda hasta el momento.

2 comentarios:

†...Fenrir Branford...† dijo...

Diablos, tengo que checar mas seguido estos espacios virtuales, no todos los días se me dedican cuentos macabros xD

Bastante bueno en realidad... no se, es un texto que atrapa con gran facilidad por la forma en que narra cada acontecimiento, y por lo particular de cada uno; puede tener gran cantidad de interpretaciones, pero lo que yo veo es la angustia del humano al verse obligado (por su propio interior) a hallar un eje en torno al cual giré su existencia, llegando a rendir culto, a abdicar del resto de su entorno y ver al resto de los seres de este mundo como materia prima, sólo para crear las condiciones adecuadas que mantengan vivo un eje que tal se clavó en su existencia por los motivos equivocados.

Una forma bastante rica de cerrarlo, por cierto, pero me da la impresión de que todavía hay más al respecto.

†...Fenrir Branford...† dijo...

Pa cuando le actualizas mi buen??