14.8.11

De "Los hijos del smog", por Jorge Mejía Prieto (1974)



PRIMERO CONOZCA EUROPA
A Juan José Espejo



Por fin, gracias a las facilidades de crédito, lograría realizar su viejo anhelo: visitar las grandes ciudades de aquel continente, que había llegado a querer a través de sus sueños y de la reiterada lectura de folletos turísticos. Lleno de emoción partió. Durante cuarenta días recorrió minuciosamente las urbes amadas donde, según explicaban los folletos, se armonizaban los vestigios de un glorioso pasado con las excelencias de la era contemporánea.
Cuando regresó, andaba eufórico. A todos les hablaba de las remotas y brillantes ciudades, colmadas de grandes edificios, vastos jardines, museos y obras de arte, que con devoción infinita había visitado. Y no ocultaba a los más comprensivos que le dolía vivir en esta opaca ciudad, colmada de grandes edificios, vastos jardines, museos y obras de arte, donde había tenido la desgracia de nacer.

10.7.11

Fragmento de "Los caminos a Roma", de Fernando Vallejo (1988)


Esta tarde llegaron a la residencia un grupo de muchachos judíos que vienen por Europa de Israel, músicos ellos. Con sus instrumentos, con sus maletas, con su alboroto los vi llegar pero no les presté atención. Ahora estoy pensando en ellos cuando siento una presencia que se acerca. Vuelvo los ojos: una aparición avanza, flota, bañada en los rayos azulosos de la luna, por el corredor. Es una niña, una chiquilla y viene sonriendo.
De la conversación que sostuvimos, portentosa, jamás lograré recobrar las palabras. Hablábamos en español. Yo en mi español actual, sin alma; ella en un español extraño, arcaico. Me hablaba de vos, pero no era el vos de Antioquia que es vos y tú, ni era el vos mayestático. Era un vos que nunca antes había oído. Suyo, sólo suyo. ¡El vos que usó Castilla cuando su lengua no conocía el usted! “Vos he visto al llegar”. ¿Es lo que dijo? Ya no lo recuerdo. ¡Y los vocablos! ¡Los lejanos, los perdidos vocablos! No decía los muchachos, decía los mancebos. ¿Los mancebicos, dijo? ¿Los manciebillos? Los que venían con ella de Israel y que no hablaban castellano. El castellano, dijo, se lo enseñó su abuela, que ya murió. Y salvo con ella con nadie más lo había hablado en el mundo hasta ahora, que me encontraba a mí. Mi abuela vive, pensé, y soy doblemente afortunado porque te encuentro, niña. “¿De dónde venís?” me preguntó su dulzura. Y en el momento irreal, mirándose la ondina, meciéndose el ahorcado, recobraba la gracia en su voz infantil, el acento, la perdida viveza, y oía las dobles eses y la ce con cedilla que nadie que viva ha oído en mi idioma. Yo, sólo yo. Mi ignorancia entonces no lo supo. Años después descubrí la razón del prodigio. Era el judeo-español, el español sefardita, el de los sefardíes que echaron de España, quinientos años ha. El que se fue de Toledo expulsado por los Reyes Católicos al Cairo, a Estambul, a Salónica, con los pobres, irredentos judíos. El que aprendió Colón y el que tomó a Granada. El del Gran Capitán y el de Fernando de Rojas, en que vendió doncellas Celestina y se dijeron su amor Calixto y Melibea como quisiera decírtelo esta noche, en este instante, en este corredor, a ti, niña, si pudiera, si supiera, si tuvieras las palabras… Ya no se mira la ondina en las aguas ni se mece el ahorcado. Está sonando el Scarbó, ¿no te asusta?
Déjame revivir un instante el instante. Déjame oírte, recobrarte, recobrarme en el común origen, el viejo idioma mío, mío y tuyo, que he olvidado. El que le llegó a tu abuela --¿a Salonic? Dímelo, ¿o a Alcazarquivir? ¿o a Lárissa? En el áspero Magreb o en los reinos levantinos del Sultán – y que por tan distintos caminos le llegó a la mía, a Antioquía, en una goleta desafiando la mar hasta arribar a tierra, a otro mar, de ciénagas, y por senderos fragosos, bordeando precipicios, hasta la bella villa mía, Medellín de La Candelaria donde se quedó encerrado entre montañas… Quinientos años tenían que haber pasado para volverlo a oír, en Roma, de tus labios, niña. Pero no. Lo que oigo es el eco.
“¿Antioquía, dixistes?” Antioquía, trocándose ha el acento. Dexando portiellos y feniestras bajo fuertes cerrojos se fue la judería de Toledo llevándose consigo nada. O sí: las pesadas llaves de fierro de sus casas y el habla de Castilla.
Año de mil cuatrocientos y noventa y dos, en la cibdad de Toledo, la postrera noche antes de que amanezca el día. Quebrádose ha un spejo. Dexan los judíos las sus casas e cortijos, vánse por todos los rumbos como espigas que vola el viento.
Un aljibe dexamos en el patio y en el huerto un manzano. Y adentro las camas hechas con sus almohadas mullidas, sus cobertores de lino, sus sábanas de Holanda, y una gola de aceite en la cocina y un almud de garbanzo y un quintal de patata, y en el fogón un rescoldo, y en la sala mil ducados y unos libros romanzados y los cirios apagados y el candelar de siete brazos. Y ropas por las alcobas, chapadas de plata fina, de gran valía, ropa de Pascua, hilos, cendales, brocados, unos grandes alfamares, la rueca, el arca, una vihuela, la cuna y un cascabel.
Alboreaba. En la villa de Toledo quebrádose ha un espejo. Se va la judería, se van, nos vamos. Nos vamos por ajeno arbitrio, echados de la su España. Puertas agora se cierran y candados sobre aldabas. Como otros días ladra un gozque, canta el gallo, despunta la alborada, mas nada volverá a ser igual, un cristal se ha rompido. Mas non vos cuento más por vos non detener. Mocita: ¿No íbamos pues a casarnos? ¿No íbamos a adornar la sinagoga con cintas de flores? ¿No iban a durar las bodas siete días, a la usanza de Castilla? Iban, iban, iban. Siglos han llovido. La vieja sinagoga hoy es Santa María la Blanca. ¿Y qué? ¿Los mismos arcos no caen sobre los mismos capiteles? Mi Dios es tuyo o tu Dios es mío. No, ahora sobre el recuerdo crecen las hierbas. No crecen, niña: ¿no estoy contigo a solas acodado en la baranda, mirándote tú en mis ojos? ¿A solas? La luna se sonreíba cansada de oír historias, las mismas viejas historias, razones (o sinrazones) de amor. Mocita: si por tan distintos caminos llegamos al mismo sitio… ¿Qué mi idioma se ha hecho nuevo y el tuyo viejo? ¡Qué importa! Una sola cosa de quiero decir, mocita, pero no te la digo ahora, te la diré mañana. Ahora la muerte corre por el teclado, contando el Scarbó su terrible cuento de horror. ¿No te espanta?
Subieron los mozos con su algarabía y se la llevaron. Calló el piano, se metió la luna en sus oscuridades y volví a estar solo. Entre la diáspora de estrellas una estrellita nueva, de seis picos, que no había visto, quedó brillando: la errante estrella de Sión.
Tu hermosa frente, tu bella boca, tus lindos ojos… Un gran dolor en el pecho no me deja dormir, como si algo se me incendiara. Debe de ser el corazón, que me quema. En los secos montes de Antioquía contigo me he fraguado un castillo. Mañana, cuando amanezca, te lo diré, que no pude dormir anoche pensando en vos. Amaneció y fui a decírselo: en el silencio de la casa se había ido. Se van llevándose sus instrumentos, sus equipajes, su alegría. A mí me dejan el corazón, que me estorba.
Palabrería. Marihuanadas. El amor es una gonorrea del alma. Con perdón.

8.5.11

Frustración


Pongámoslo así: ¿se puede amar a alguien a quien odias con toda el alma? Seguro que sí, porque el opuesto del odio no es el amor, sino la indiferencia.

Mejor aún: es posible, es frecuente incluso desear a alguien cuya sola presencia nos llena de asco. Desear su cuerpo pero aborrecer su alma hasta el infinito. Viceversa.

Entonces te encuentro risible pero veo que el mundo te alaba. O te envidio porque pareces gozar de buena reputación entre círculos a los que yo quise pertenecer desde hace ya demasiado tiempo.

Bah, todo lo anterior es una historia tan común, tan llena de clichés; más no por eso son menos punzantes las emociones que evocan en mí.

A veces siento que el mundo pertenece a los mediocres. Inmediatamente pienso que más bien hay de todo en el mundo, pero que pocos están conformes con el lugar que les ha tocado porque nadie sabe a la perfección que lugar le corresponde. "La fama, el poder, la satisfacción y otras tantas herramientas son lo mismo nuestros deseos más profundos que las tentaciones más frívolas".

Si el sufrimiento llega a hacer grandes obras, ¿el arte tiene un fin terapéutico? A veces, no siempre. Cualquier receta para el arte funcionará de vez en cuando y pareciera ser que a entero capricho del azar, porque en realidad depende del individuo que a ella se consagra, del artista. El individuo total es algo tan complejo que la psicología, la religión y la historia no pueden definir sino la más tenue de las aristas de su sombra.

Quiero darme esperanza, recordarme que así como el mundo no puede estar siempre en plena decadencia tampoco podría estar "lleno de gloria". Pero ese es precisamente el problema, la intuición de que el mundo (vale a decir: la humanidad) está siempre a la deriva ya sea junto a seres cósmicos o en soledad. Porque lo mismo da. Porque la vida no es ni siquiera absurda sino que solo "es" en la medida que alguien tiene consciencia de que existe. ¡Malditos, benditos sean sabios como Wittgenstein o Ehrenfels, que intuyeron la falsa inocencia del lenguaje y el mundo!

(Y porque la vida siempre se entromete mientras vivimos, roguémosle y exijámosle a la humanidad que el frustrante Eurocentrismo de la oración anterior sea purificado por tiempos venideros. ¡Déjennos vivir nuestra vida como mejor nos parezca!)

No habrá ninguna respuesta, ningún alivio permanente a todos estos pruritos. Pero eso es existir: no es llegar a un estado divino ni es ayudar al resto de la humanidad a progresar, es buscar siempre un sentido. Es una búsqueda cuyo objetivo es la búsqueda misma, un uróboros que no es empero solipsista.

6.5.11

Sirena en Cenizas (texto invitado)

Por: Fenrir Branford

Te encontré en el vino que degusté esta tarde. Su caricia, dulcemente fría, y su sabor engañoso, evocaron el recuerdo de tus besos. Resistí la tentación de escupirlo; lo tragué, porque así también habría de hallar la salida de mi cuerpo, pero después de atravesar mis entrañas, semejando tanto a tu recuerdo.

Has estado ahí, te he respirado en los perfumes errantes de las flores que se marchitan en la delicadeza del invierno, y pareciera ser el polen de tu piel lo que despiden las arañas violetas que por las tardes tejen mis cabellos enredados. Una vez te observé deslizarte por entre las sombras ebrias de la calleja donde ahogaba mi melancolía, y creo que bebí de tus lágrimas en aquel recinto de caoba, cuando pasé la madrugada leyéndole en voz alta mi poesía a un auditorio mudo, donde te refugiabas furtiva sin saber que me escuchabas.

He buscado olvidarte, para luego con vehemencia simplemente buscarte; no se donde perdí el rumbo, pues te perseguí entre los muslos de otras hembras, acompañantes con belleza de diferente color que la tuya. Una madrugada creí saborear tu lengua entre ciertos cabellos dorados, que me siguieron discretamente tras un concierto de cuerdas agónicas, y meses después quise encontrar el brillo de tus lunas en una mirada verdosa y extraña. Mas de una mañana olvidé si fueron días o años desde que nuestras manos fueron una en el amanecer. Tras días incansables, el sudor perfumado de damas aventuradas y doncellas profanadas se mezcló entre mis sábanas, formando una perfumería de sensualidad; pero aun confundido, pude elegir entre el centenar de pétalos aquel que dejaste olvidado cuando volaste lejos, ya arrojada por mí diestra distraída, ya impulsada por tus zapatos inquietos que alguna vez adornaron mi alfombra, manchada por nuestros espasmos.

Estuve sólo en nuestras ruinas, contemplando un ocaso congelado, y algunos ciclos después sudé arte con una actriz de labios grises. Susurré la canción que olvidaste, despierto en la madrugada del memorial de ese día, él que nos vio nacer, y celebré con una copa de licor condimentado las cenizas de los marcos que tras enmarcarnos, ardieron. Me parece que fue un súcubo el que me sacó del bar cuando de lejos bailaba tu nombre, y que la dama de quien robé savia en el aquelarre usaba en cada momento una máscara con su sombrero. Aun en esa noche, te recordaba.

Y hoy….

Encuentro mi piel tallada con los nombres de otras, cubierta del polvo de mil recintos donde nunca fundimos nuestras entrepiernas, húmeda con miradas de seres transparentes que nunca me tomé la molestia de bautizar. Pero cuando tomo la daga y la vuelvo pluma de pavorreal, encuentro bajo mi capa tu inicial tatuada, nuestras huellas con cincel plasmadas, y palpitando perpetuamente, un cuadro de nuestro “nosotros”. No sé si estoy sólo, si estoy con alguien, o si estuve; no se si esa copa derramada en mi escritorio fue de alguna amante que la descuidó en nuestra lujuria, de algún hermano con quien compartí pensamientos, o si fue mía, y cayó cuando Morfeo me venció sobre mi papiro desencantado. El calendario mohoso me anunció la carrera constante de Cronos, y así me percaté de que no te pensé durante años, y que tus cartas vagas, tus orgasmos de sirena y el azúcar de tus promesas fueron sepultados por mi arenosa indiferencia. Y aún así estuviste siempre presente. Nunca te fuiste, aun a través de las pruebas del desgranar del tiempo, de la carne difusa, de la lápida sobre el andar, del ennegrecimiento de la pintura que antaño coloreó mi vista.

Pero desapareciste entre las risas del rocío, y las heladas que matan raíces ya han descendido sobre las profundas corolas. Las rosas que ayer se tiñeron de rojo al mojarse en nuestra fuente, hoy rozan mis firmes párpados para encontrarlos secos.